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Rafael Olmedo, el Almirante Civil

Sólo un título honorífico merece la figura de Olmedo, el de «Almirante civil». No se si habrá alguien que lo merezca más que él; yo, desde luego, no lo conozco.

Olmedo cogió las riendas del Club de Yates de Baiona hacía ya 43 años. Y en estos 43 años no he conocido a nadie que tenga un pero sobre la figura de Olmedo en su faceta como hombre de la mar en general y de la vela en principal.

Mi relación con ese Club empieza cuando tenía yo cinco años, y Litos me dio mi primer cursillo de Optimist. Siguió años después, ya con Manolo Seoane como gerente, y yo como Juez de Regatas. Me estrené en la regata de solitarios de L’Figaro, haciendo noche en la Torre del Príncipe esperando a los barcos. Seguí como monitor de vela, juntándome con los niños que empezaban en el Monte Real, con los que  en Panjón estaban bajo las órdenes de Chapu, haciendo regatillas entre ambos en el entorno del cabezo de San Juan.

En todos esos años, la figura de Rafael Olmedo ha estado presente en el Club. Con él viví cómo un pequeño club del noroeste de España conseguía traer la Lymingstone-Cork-Bayona, viví el poder ser a título individual, accionista del Desafío Copa América que surgió bajo la grímpola del Club de Yates, la Regata Águila de las Autonomías, la Vuelta a España Bitácora. Viví la Figaro ya comentada. La Príncipe de Asturias, que sin duda fue un trabajo muy particular y muy callado de Olmedo. El Conde de Gondomar… Ningún club de Galicia ha dado tanto por y para la vela. Ninguno. Y pocos en España. Y eso tiene un nombre: Rafael Olmedo. 

Consiguió tener un equipo liderado por él. Y ese equipo funcionó. El Club creció y su nombre, hoy, está ligado a los mejores clubes de vela de Europa. Y eso es obra de Olmedo.

Olmedo era educado hasta límites insospechables. En su rostro, permanentemente, una sonrisa. Una cabeza prodigiosa. Hace dos años estábamos en el Club comiendo, y Olmedo estaba a nuestro lado diciéndole a una persona que no había venido en su coche que no se preocupara, que la llevaba él en el suyo: tenía 97 años.

Lo bueno es que, contrariamente a lo que sucede en la mayoría de los casos, fue reconocida su labor en las muchas condecoraciones y títulos que recibió. Faltó el de «Almirante Civil», que no existe. Por mi parte, ya lo tiene. Buen viento donde quiera que estés «rabisqueando».

Jorge Alonso